Tercera Parte: La estrategia: comprender para poder enfrentar
24 de octubre, 2007
Tener Lupus es como vivir con un intruso al acecho. Por más alarmas y cercos eléctricos que le pongas a tu casa, el tipo se va a meter. Por ejemplo, puedes estar manejando tu carro completamente despierta y, sin aviso, te posee un cansancio que te duerme por milésimas de segundo. Varias veces he tenido que salirme del 'freeway', estacionar en un lugar público y descansar por lo menos 20 minutos, como si recargara la batería.
Lupus me ha llevado varias veces al hospital. La primera recaída, en agosto del 2005 cuando viajé a Arizona por un reportaje, me terminó internando tres días. Otra recaída memorable ocurrió en febrero de este año en Big Bear. En lugar de revolcarme en la nieve con mis amigos, terminé haciéndolo sobre una cama del Hospital Big Bear Valley.
En cada una de esas visitas Miguel -o el Chino- estuvo conmigo; pasando la noche en una silla dura, congelado por el aire acondicionado, matando el hambre con comida chatarra y postergando planes más entretenidos. Jamás se quejó. Al contrario, se inventaba chistes para animarme.
Nunca he sentido lástima de mi misma, pero debo confesar que alguna vez sentí miedo de que el Chino se inventara alguna excusa para sacudirse de mí y del Lupus. Apenas teníamos ocho meses juntos cuando me lo diagnosticaron, en junio del 2005. Pero el 20 de marzo del 2006, cuando amanecíamos en Ciudad del Cabo, África, me sorprendió con un hermoso anillo de madera acompañado de un "¿Quieres casarte conmigo?".
Dos meses después nos casamos por lo civil en Long Beach, acompañados de nuestros padres, hermanos, tíos y amigos. Y en diciembre, un día antes de Navidad, lo hicimos en una hermosa iglesia en la costa de nuestro adorado Perú.
Buscando un significado
El sufrimiento que me ha traído esta enfermedad no le llega ni a los talones a toda la felicidad que me ha dado la vida como recompensa. El apoyo de mi esposo, mis padres, familiares, amigos y colegas ha sido mejor que cualquier medicina. Sin embargo, siempre he estado consciente de que no me puedo confiar.
Cuando me dijeron que mi enfermedad no tenia cura, primero, me aterré y acto seguido me enterqué. Nunca pregunté "¿por qué a mi?, sino "¿para qué?" Por ello comencé a explorar qué demonios significaba Lupus en mi vida. Para enfrentar al enemigo hay que conocerlo bien. Consulté con un gurú, lo que en el marco del hinduismo significa un maestro espiritual. Él me animó a revisar mi pasado para buscar alguna conexión con la enfermedad.
Lupus, en sencillo, es una enfermedad que provoca que tu cuerpo se ataque a sí mismo. El gurú me preguntó si en algún momento de mi vida yo había deseado mi mal o había realizado actos en mi contra. Entonces recordé mis años de bulimia, aquellos años en los que mirarme al espejo me repugnaba porque lo único que veía era una gorda desagradable.
"¿Por qué te odiabas tanto?", me preguntó este hombre vestido de blanco y con un turbante en la cabeza.
"Eso lo provocó el abuso sexual que sufrí de niña", le respondí.
"Entonces no es coincidencia", continuó. "Fíjate bien: te hicieron daño, luego tú te negaste a ti misma y parece que hiciste un buen trabajo programando tu cuerpo. Lo que debes de hacer ahora es reprogramarte con positivismo y amor hacia ti. Dile al Lupus que ya no lo necesitas, que tu mente y tu cuerpo se quieren, que ya no están peleados".
Sus sabias palabras me tocaron el alma. Hasta recordé que en el 2002 me había tatuado una mariposa en la espalda. La mariposa es el símbolo del Lupus. ¡Yo misma me había marcado! Gracias a Dios una psicóloga que tuve durante años me había ayudado a trabajar aquel trauma de mi niñez, pero jamás imaginé que mi sistema inmunológico me pasaría tamaña factura.
Lo del gurú me sirvió mucho, pero yo tenía más preguntas. Entonces le hice caso a mi mejor amiga, quien cree en la magia negra. "¿No será que te han hecho brujería?", me preguntó.
Una mañana me llevó a una experta en limpias. Ésta me dijo que agarrara un huevo de mi refrigeradora, que me lo pasara por el cuerpo y que se lo llevara al día siguiente. No voy a describir lo que salió de ese huevo, sólo puedo asegurar que era nauseabundo y que no hubo trucos de por medio. Me dijeron que la brujería era contra mis padres pues la mejor manera de hacerle daño a alguien es castigando a sus hijos.
Dios, espíritu y amor
Ya había pasado por sesión indú y por magia negra, ahora tocaba cambiar de seguro médico y de reumatólogo. Lo hice a inicios de este año. Éste nuevo doctor, Dr. Daniel Wallace, me dio un nuevo tratamiento y además comencé a visitar al quiropráctico, quien hasta hoy me ajusta los huesos y espanta mis tensiones con masajes.
Pero sobre todo este cóctel de tratamientos he identificado a tres que lo superan todo: Dios, mi espiritualidad y el amor. Mi amiga Vianey Luna me enseñó a reencontrarme con ese Dios que una vez creí me había abandonado. Mi amiga Maryl Celiz me enseñó a cuidar de mi cuerpo y de mi espíritu. Y el Chino, así como mi familia, me reforzaron el término amor.
Hoy, a mis 31 años, converso más con Dios y le agradezco por más cosas, especialmente por los días sin dolor. Hoy estoy más consciente de esta enfermedad, más involucrada, mucho más informada. Hoy estoy reconciliada conmigo misma, especialmente después de haber perdonado a mi agresor y de haber oído, hace apenas tres semanas, "Perdóname, Andrea", de su propia boca.
Hoy puedo decir que me siento bien, que pese a haber perdido más de la mitad de mis rulos y de tener que tomar hasta diez pastillas al día, por momentos me siento plena. Pero también debo decir que tengo miedo de no saber en qué momento el Lupus se meterá por la ventana, miedo de no saber si podré concretar todos mis planes.
Uno de estos planes incluye a mi esposo, el Chino. En dos meses cumpliremos un año de casados. Ya soñamos con empezar una familia, hasta nombres ya tenemos para los que vengan. Pero dicen que el Lupus no es amigo de los embarazos. Más complicado aún es hacerlo con las pastillas que estoy tomando. Pero yo tengo fe. Dice mi doctor que debo entrar en remisión para poder gestar. Así que esa es mi nueva asignación; cuidarme para que en el próximo capítulo de Mi vida con Lupus pueda presentarles, a todos ustedes, al nuevo miembro de la familia Ormeño Carrión. Que Dios y el Lupus lo permitan.
Lupus me ha llevado varias veces al hospital. La primera recaída, en agosto del 2005 cuando viajé a Arizona por un reportaje, me terminó internando tres días. Otra recaída memorable ocurrió en febrero de este año en Big Bear. En lugar de revolcarme en la nieve con mis amigos, terminé haciéndolo sobre una cama del Hospital Big Bear Valley.
En cada una de esas visitas Miguel -o el Chino- estuvo conmigo; pasando la noche en una silla dura, congelado por el aire acondicionado, matando el hambre con comida chatarra y postergando planes más entretenidos. Jamás se quejó. Al contrario, se inventaba chistes para animarme.
Nunca he sentido lástima de mi misma, pero debo confesar que alguna vez sentí miedo de que el Chino se inventara alguna excusa para sacudirse de mí y del Lupus. Apenas teníamos ocho meses juntos cuando me lo diagnosticaron, en junio del 2005. Pero el 20 de marzo del 2006, cuando amanecíamos en Ciudad del Cabo, África, me sorprendió con un hermoso anillo de madera acompañado de un "¿Quieres casarte conmigo?".
Dos meses después nos casamos por lo civil en Long Beach, acompañados de nuestros padres, hermanos, tíos y amigos. Y en diciembre, un día antes de Navidad, lo hicimos en una hermosa iglesia en la costa de nuestro adorado Perú.
Buscando un significado
El sufrimiento que me ha traído esta enfermedad no le llega ni a los talones a toda la felicidad que me ha dado la vida como recompensa. El apoyo de mi esposo, mis padres, familiares, amigos y colegas ha sido mejor que cualquier medicina. Sin embargo, siempre he estado consciente de que no me puedo confiar.
Cuando me dijeron que mi enfermedad no tenia cura, primero, me aterré y acto seguido me enterqué. Nunca pregunté "¿por qué a mi?, sino "¿para qué?" Por ello comencé a explorar qué demonios significaba Lupus en mi vida. Para enfrentar al enemigo hay que conocerlo bien. Consulté con un gurú, lo que en el marco del hinduismo significa un maestro espiritual. Él me animó a revisar mi pasado para buscar alguna conexión con la enfermedad.
Lupus, en sencillo, es una enfermedad que provoca que tu cuerpo se ataque a sí mismo. El gurú me preguntó si en algún momento de mi vida yo había deseado mi mal o había realizado actos en mi contra. Entonces recordé mis años de bulimia, aquellos años en los que mirarme al espejo me repugnaba porque lo único que veía era una gorda desagradable.
"¿Por qué te odiabas tanto?", me preguntó este hombre vestido de blanco y con un turbante en la cabeza.
"Eso lo provocó el abuso sexual que sufrí de niña", le respondí.
"Entonces no es coincidencia", continuó. "Fíjate bien: te hicieron daño, luego tú te negaste a ti misma y parece que hiciste un buen trabajo programando tu cuerpo. Lo que debes de hacer ahora es reprogramarte con positivismo y amor hacia ti. Dile al Lupus que ya no lo necesitas, que tu mente y tu cuerpo se quieren, que ya no están peleados".
Sus sabias palabras me tocaron el alma. Hasta recordé que en el 2002 me había tatuado una mariposa en la espalda. La mariposa es el símbolo del Lupus. ¡Yo misma me había marcado! Gracias a Dios una psicóloga que tuve durante años me había ayudado a trabajar aquel trauma de mi niñez, pero jamás imaginé que mi sistema inmunológico me pasaría tamaña factura.
Lo del gurú me sirvió mucho, pero yo tenía más preguntas. Entonces le hice caso a mi mejor amiga, quien cree en la magia negra. "¿No será que te han hecho brujería?", me preguntó.
Una mañana me llevó a una experta en limpias. Ésta me dijo que agarrara un huevo de mi refrigeradora, que me lo pasara por el cuerpo y que se lo llevara al día siguiente. No voy a describir lo que salió de ese huevo, sólo puedo asegurar que era nauseabundo y que no hubo trucos de por medio. Me dijeron que la brujería era contra mis padres pues la mejor manera de hacerle daño a alguien es castigando a sus hijos.
Dios, espíritu y amor
Ya había pasado por sesión indú y por magia negra, ahora tocaba cambiar de seguro médico y de reumatólogo. Lo hice a inicios de este año. Éste nuevo doctor, Dr. Daniel Wallace, me dio un nuevo tratamiento y además comencé a visitar al quiropráctico, quien hasta hoy me ajusta los huesos y espanta mis tensiones con masajes.
Pero sobre todo este cóctel de tratamientos he identificado a tres que lo superan todo: Dios, mi espiritualidad y el amor. Mi amiga Vianey Luna me enseñó a reencontrarme con ese Dios que una vez creí me había abandonado. Mi amiga Maryl Celiz me enseñó a cuidar de mi cuerpo y de mi espíritu. Y el Chino, así como mi familia, me reforzaron el término amor.
Hoy, a mis 31 años, converso más con Dios y le agradezco por más cosas, especialmente por los días sin dolor. Hoy estoy más consciente de esta enfermedad, más involucrada, mucho más informada. Hoy estoy reconciliada conmigo misma, especialmente después de haber perdonado a mi agresor y de haber oído, hace apenas tres semanas, "Perdóname, Andrea", de su propia boca.
Hoy puedo decir que me siento bien, que pese a haber perdido más de la mitad de mis rulos y de tener que tomar hasta diez pastillas al día, por momentos me siento plena. Pero también debo decir que tengo miedo de no saber en qué momento el Lupus se meterá por la ventana, miedo de no saber si podré concretar todos mis planes.
Uno de estos planes incluye a mi esposo, el Chino. En dos meses cumpliremos un año de casados. Ya soñamos con empezar una familia, hasta nombres ya tenemos para los que vengan. Pero dicen que el Lupus no es amigo de los embarazos. Más complicado aún es hacerlo con las pastillas que estoy tomando. Pero yo tengo fe. Dice mi doctor que debo entrar en remisión para poder gestar. Así que esa es mi nueva asignación; cuidarme para que en el próximo capítulo de Mi vida con Lupus pueda presentarles, a todos ustedes, al nuevo miembro de la familia Ormeño Carrión. Que Dios y el Lupus lo permitan.
