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Primera Parte: Un enemigo que esconde la cara
Por Andrea Carrión Diario HOY
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Los Ángeles -- Tengo frío y el dolor me taladra la espalda. Hace más de dos horas que le entregué mi muestra de orina a la enfermera y aún nada. Me ha dicho que no me puede dar ningún calmante hasta tener los resultados.

Felizmente es una noche sin muchos auxilios en la sala de emergencias de este hospital público de Phoenix, Arizona. Igual no termino de entender qué hago acá. Sé que no ha sido un año fácil. Desde que comencé a tomar cortisona las infecciones urinarias han sido más frecuentes, insoportables. Pero, una vez más, ¿por qué me tenía que agarrar tan lejos de casa? Apenas ayer llegué de Los Ángeles para hacer un reportaje sobre inmigrantes indocumentados que se accidentan y que son deportados por no poder pagar la cuenta del hospital… y ahora yo termino en uno. Gracias a Dios tengo seguro.

Pero estoy sola y necesito distraerme. El dolor aprieta y la enfermera se vuelve a disculpar. Entonces pienso en hablarle a mi vecino de cubículo, un tipo con la cara ensangrentada, vestido de preso y esposado. Lo único que nos separa es una sábana amarilla, pero la cara de palo de su guardia de seguridad me desanima. No me queda otra que enrollarme sobre mi camilla y calmarme a mi misma tarareando una canción de cuna.

Aquel episodio en Arizona ocurrió en agosto del 2006. Yo ya estaba consciente de mi condición de salud, pero era la primera vez que me detectaban una infección en los riñones. Sin embargo, no era la primera vez que terminaba en una sala de emergencias ni la primera vez que mi cuerpo me hablaba.

Las primeras señales

Una noche, durante el invierno del 2003, me fui al cine con unas amigas. No me acuerdo de la película ni de las palomitas de maíz, pero sí recuerdo que cuando terminó la película y quise ponerme de pie no pude. El dolor en las rodillas fue tan intenso que me regresó de un porrazo a mi butaca. Yo me extrañé y mis amigas me convencieron de que, tal vez, había sido el gimnasio o algún movimiento brusco que di sin darme cuenta. Lo dejé pasar.

Un par de meses después me tocó trabajar en la filmación de unos comerciales. Entonces yo estudiaba Cine y Televisión en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) y me llamaron para asistir al director de fotografía. Nos tocó un rodaje de noche en Van Nuys. Ya eran como las 5:00 de la madrugada, yo cambiaba cartuchos de película y mis muñecas comenzaron a tronar. El dolor se hizo tan intenso que al momento de volver a casa no pude encender mi auto. Alguien me ayudó a hacerlo. ¿Cómo llegué a Culver City esa mañana? Sólo sé que llegué y que tres días más tarde el dolor se fue.

Y así pasaron 2003 y 2004, con dolores intensos en cada músculo, cada articulación, pero nunca al mismo tiempo ni en el mismo lugar. Eran hincones esporádicos y los dejaba pasar. Me daba flojera ir al doctor y como entonces estaba lejos de mi familia -todos viven en Perú- no había nadie que realmente me empujara a ver a un doctor. Igual me paraba quejando de los dolores con amigos y conocidos, pero la mayoría bromeaba diciéndome “Cuidado con la vejez prematura” o “Ya deja de trabajar tanto que el estrés te está matando”.

En octubre del 2004 me invitaron a un asado por Halloween. Ese día había amanecido con fiebre y con unos puntitos rojos en lo antebrazos. Al día siguiente llamé por teléfono a un tío que es pediatra y que vive en Lima, para contarle lo que me pasaba. Me dijo que me cuidara y que sacara cita con un doctor, que mis síntomas no eran comunes. Al día siguiente me sentí mucho mejor y una vez más metí a mi salud en un cajón.

Al fin una explicación

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